28 de March de 2024
Julia Carabias ha hecho patria defendiendo el patrimonio de los mexicanos del futuro: Zoé Robledo
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Julia Carabias ha hecho patria defendiendo el patrimonio de los mexicanos del futuro: Zoé Robledo

Dic 6, 2017

Discurso pronunciado por el senador Zoé Robledo A., durante la entrega de la Medalla Belisario Domínguez a la doctora Julia Carabias.

Ciudad de México a 06 de diciembre (ESFERA EMPRESARIAL /CÍRCULO DIGITAL).-Zoé Robledo A. (ZRA). Con el permiso del Senador presidente Ernesto Cordero Arroyo; ciudadano Enrique Peña Nieto, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos; Ministro Luis María Aguilar, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; diputado Jorge Carlos Ramírez Marín, presidente de la Cámara de Diputados; señor gobernador Manuel Velasco Coello, del estado libre y soberano de Chiapas; Doctor Miguel Ángel Mancera, Jefe de Gobierno de la Ciudad de México.

Señores secretarios, señor secretario Chong; señor secretario González Anaya; señor secretario Pacchiano.

Amigas, amigos.

Doctora Julia Carabias Lillo, galardonada con la Medalla Belisario Domínguez 2017; senadoras, senadores; señoras, señores:

En 1979, en Nairobi, el esposo de Wangari Maathai le solicitó el divorcio. Ella era una de las primeras mujeres africanas en obtener el grado de doctor, integrante destacada del Consejo Nacional de Mujeres de Kenia y combativa ambientalista y líder del Movimiento Cinturón Verde. En la solicitud de divorcio, ante el tribunal, su marido alegaba el hecho de que su mujer fuera más exitosa que él como una crueldad que lo había llevado a la enfermedad y al alcoholismo. No sería la primera vez que un hombre culpa de sus debilidades a las fortalezas de una mujer ni tampoco la primera donde las instituciones se confabulan para humillarla. El juez africano que llevó el caso la declaró culpable de la ruptura, entre otras cosas, por el hecho de que ella tuviera un posgrado y él no. En la sentencia se lee: “es demasiado culta, demasiado fuerte, demasiado afortunada, demasiado testaruda y demasiado difícil de controlar para ser una buena esposa”. Maathai se inconformó y eso le costó tres días en la cárcel, 25 años después, recibió el premio Nobel de la Paz.

Ese mismo año, a 15 mil kilómetros de distancia, Julia Carabias defendía su tesis de licenciatura en la Ciudad de México para convertirse en Bióloga por la UNAM. Divorcio en África, titulación en México, ese año importante para las dos no es lo único que las une. La llamada “Madre de los Árboles de África” fue la primera persona con la que el Premio Nobel reconoció que plantar 47 millones de árboles había contribuido a la paz.

Y Julia, la primera persona con la que la Medalla Belisario Domínguez, y en ese sentido el Estado Mexicano, reconoce toda la ciencia, toda la virtud, toda la eminencia que tienen aquellos que le entregan su vida a la defensa del patrimonio natural de México.

Es más común de lo que debería que, al referirnos a una mujer mexicana destacada, queramos entender su éxito a partir de la presencia de un hombre en su vida: Es la hija de, es la esposa de, es la discípula, la colaboradora de.

Pero la hoja de vida de Julia Carabias puede dibujarse en un trazo largo por la fuerte presencia de muchas otras mujeres. Por eso, que sean ellas, las mujeres de Julia, las que nos cuenten algo sobre su vida.

Julia pertenece a una generación de hijas de españoles que llegaron a México huyendo de la Guerra Civil. Una generación de exiliados que, en palabras de la propia Julia Carabias, “poco a poco fueron abriendo los baúles, echando nuevas raíces en el trabajo, con los hijos y nietos, con amistades mexicanas.” De esa generación nuestra Patria se benefició del arte de Remedios Varo, del pensamiento de la filósofa María Zambrano y desde luego de la valentía de Julia Carabias.

El reconocimiento tardío ha estado en la familia Carabias desde hace tiempo. Cuenta Julia que su padre, durante más de 30 años, criticaba la tortilla española que preparaba su madre. A la muerte de Franco, el padre tuvo dos anhelos: Visitar el Escorial para profanar  la tumba del dictador y comer el idealizado platillo. Hizo lo primero pero se llevó una decepción con lo segundo, comprobó que en realidad no había mejor tortilla española que la que se preparaba en su casa, en la colonia Juárez, en la Ciudad de México.

Julia Carabias alguna vez pensó en seguir los pasos de Belisario y ser doctora. Pero decidió estudiar biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Ahí aprendió de las Grandes Maestras hasta convertirse en una de ellas.

Porque, si para hablar de cactáceas hay que referirnos a Helia Bravo, o para referirnos al darwinismo en México, hay que citar a Rosaura Ruiz; Julia Carabias es el gran referente mexicano sobre un concepto muy citado pero poco comprendido: La sustentabilidad ambiental del desarrollo. Es decir, la naturaleza como un todo: población, territorio, diversidad, identidad. Y la política pública como un eje articulador, eje articulador para regenerar y conservar ecosistemas, para restaurar el ambiente, para que el manejo de recursos naturales no signifique su agotamiento.

Hablar de sustentabilidad ambiental del desarrollo hoy resulta cotidiano -en gran medida gracias al trabajo de Julia Carabias- pero mencionar estos conceptos hace 30 años era garantía de ser llamado: hippie, come-flores, abraza-árboles, cuando no revoltoso o guerrillero. Afortunadamente a Julia Carabias los disfemismos nunca le han importado.

La sustentabilidad convertida en materia de estudio pero también en causa, Julia la defendió desde la academia, la docencia, las publicaciones, la divulgación; pero también lo hizo desde el activismo con el trabajo en tierra. No hizo ambientalismo de lejitos. Ya como profesora y al lado de sus mentoras, Patricia Moreno Casasola, el otro de sus menores que está aquí, José Sarukhán, aprendió a combinar el escritorio con la calle, la pluma con la pancarta.

El 4 de marzo de 1982 Julia junto a colegas y alumnos encabezó la primera movilización ambientalista en México que derivó en la creación de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, hoy una cápsula de megadiversidad en medio de la megametrópoli.

A la militancia académica le suma otras. Participa en la creación del Sindicato Único Nacional de Trabajadores Universitarios. Y fue Mapache (de los buenos, de los del Movimiento de Acción Política) y junto a Hortensia Santiago y Milagros Camarena, integran la primera Comisión Política junto con otros 46 camaradas.

Julia es cofundadora de lo que Christopher Domínguez llamó “el proyecto político y organizativo más ambicioso que comunistas y socialistas hayan emprendido en la historia de México”: El Partido Socialista Unificado de México. Son militantes como Julia Carabias y Víctor Manuel Toledo quienes intentan que el PSUM sea el primer partido con orientación ambientalista. Bajo el principio: socialismo y ambientalismo son dos movimientos simbióticos.

Intentaron que, lo que es práctica y doctrina en el mundo, lo fuera en México: Los verdaderos partidos políticos ambientalistas son partidos de izquierda.

A los 30 años, y quizá sin saberlo, emula a don Belisario y en vez de seguir el camino cómodo opta por el camino correcto. Junto a un grupo de agrónomos, economistas y ecologistas, mochila al hombro, marcha a la Montaña de Guerrero con el audaz propósito de atender la pobreza desde la autogestión de recursos naturales. Economía  para generar ecología y ecología en defensa de la economía popular. Se necesitaba cierto tipo de talentos para hacer ese planteamiento en una zona ingobernable donde narco, guerrilla y caciques  se encontraban en clave de muerte. Julia tenía, y tiene, esos talentos: empatía, tenacidad, capacidad de diálogo y muchos, muchos motivos para estar ahí, en  los rincones más oscuros de México donde no la vida no vale nada.

Julia Carabias es una crítica permanente de los privilegios, empezando por los propios. Por eso, cuando fue invitada a encabezar el Instituto Nacional de Ecología y, posteriormente, la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca, lo hizo sin sucumbir al canto del poder. Quizá porque como bióloga sabe que las sirenas no existen.

Ser Secretaria de Estado no supuso en ella un cambio en su carácter o convicciones. Nunca fue una Secretaria de adorno ni mucho menos de cuota. Si algo no estaba claro, lo cuestionaba. Si en algo no estaba de acuerdo, lo decía. Y si algo consideraba incorrecto, se oponía. El ejercicio de decir lo que se piensa y hacer lo que se dice, pero llevado al centro del poder. La Secretaria Carabias entendía que su lealtad al Gobierno no era solaparlo o aplaudirlo o encubrirlo; sino hacer lo correcto a partir de su experiencia y del conocimiento del tema.

Cuando se anunció el Gabinete Presidencial de 1994 destacaba la presencia de tres mujeres: Norma Samaniego en la Contraloría; Silvia Hernández en Turismo y Julia Carabias en SEMARNAP, y saludo a la única persona mexicana que ha sido senadora tres veces, doña Silvia Hernández.

Dos mujeres en el gabinete: “Turismo y Medio Ambiente encabezadas por mujeres: Eso va a explotar”, pensaron algunos. La inteligencia de ellas dos y la ignorancia de los otros que pensaban esto demostró lo contrario: El primer evento de las Secretarias, Carabias y Hernández fue juntas, y desde entonces lograron un equilibrio virtuoso: El turismo adquiere valor cuando los destinos se conservan mejor y el ambiente se nutre de recursos del turismo para su conservación. Lo dice la propia Silvia Hernandez: “Julia siempre ha ocupado posiciones en función de su causa. A ella no le importan los cargos, sino lo que podía hacer desde ellos para impulsarlas”

Al final de ese sexenio, Julia Carabias volvió a las aulas de la UNAM. Con modestia y humildad aunque era ya toda una celebridad ambiental. Su alumna Alicia Mastretta señala: “Como maestra, Carabias deja sus opiniones en la puerta. Ponía nombre y apellido en cada actor, incluyendo su propia participación como Secretaria en la historia del uso, la conservación y pérdida de la biodiversidad mexicana”.

Cosa curiosa. A Julia Carabias le cuesta echar raíces. No pasó mucho tiempo para que emprendiera una nueva Odisea: La Selva Lacandona.

Y aquí nuevamente empata con Belisario que desde su periódico el Vate hablaba de la importancia de que el entorno natural sea mejor para los hombres y las mujeres de Chiapas.

Hoy podemos decir que hay una Selva Lacandona antes y después de Julia. Antes de Julia hubiera sido sin Selva. Los saldos de la deforestación de la Selva tropical húmeda en México son terroríficos: ese ecosistema ocupaba 12 millones de hectáreas; hoy quedan menos de un millón. Estamos hablando de la última trinchera de la biodiversidad en México. En sólo el  0.16% de nuestro territorio nacional está el 20% ciento de la biodiversidad. Sin Julia, quizá, ya no quedaría nada.

Después de Julia, en la Selva hay esperanza. Desde el Campamento Chajul ha emprendido acciones y programas de protección, conservación y monitoreo de especies en las 360 mil hectáreas que abarcan las reservas de la biósfera de Montes Azules y Lacantún.

Defender la Selva, obligación de todos, es incómodo para algunos. Para quienes piensan que la depredación es progreso y las causas justas obstáculos.

El 28 de abril de 2014, de madrugada, Julia Carabias fue sustraída de su dormitorio de la Estación Ambiental Chajul IV. Con armas largas fue encañonada, encapuchada y llevada hasta las inmediaciones de la frontera con Guatemala. Le encadenaron una pierna a un árbol y dos días después la dejaron huir.

Julia sigue. Y Julia seguirá. Quizá esas más de 30 horas que estuvo encadenada al árbol hizo que sus raíces se entrelazaran con él, se confundieran y se queden por siempre ahí.

Julia Carabias Lillo, como otras grandes mujeres mexicanas, fue la primera o una de las primeras en algo:

La primera galardonada con el Premio “Campeones de la Tierra” de la ONU, junto a Sheila Watt-Cloutier en 2005. Galardón que años después ganarían Al Gore y Gorbachov.

La segunda mujer en ganar el Premio Internacional Cosmos y quizá la única de los ganadores, hombres y mujeres, que donó los 3.8 millones de pesos del premio para la construcción del Centro Latinoamericano de Capacitación para la Biodiversidad en la Selva Lacandona.

La tercer mujer en ganar el premio Getty en el año 2001, que otorga el Fondo Mundial para la Naturaleza, lo que muchos consideran el Premio Nobel de la Conservación.

La cuarta Secretaria de Estado en la historia de México.

Es, además, y esto lo digo con orgullo, la quinta persona de Chiapas en recibir la medalla Belisario Domínguez después de Salomón González Blanco, Andrés Serra Rojas, Jaime Sabines y Eraclio Zepeda. Los que somos originarios del único Estado de la República que es mexicano por elección, reconocemos a Julia Carabias como una chiapaneca por decisión.

Es, además, y de esto el Senado se siente orgulloso, porque es adem´pas desde 1953, la sexta mujer en recibir la medalla Belisario Domínguez.

Señoras y Señores:

Es difícil justificar la racionalidad humana ante su logro más evidente: la destrucción del planeta. Van ganando aquellos antropocentristas y el problema no es que no tengan razón, sino que hayan impuesto su sinrazón sobre el mundo.

El asunto revela una gran contradicción: En nuestra época la naturaleza parece más civilizada y la civilización se ha vuelto salvaje.

Mientras que el ser humano camina ávido a su propia destrucción, la naturaleza encuentra sola sus equilibrios en tiempos y espacios adecuados. Los ecosistemas no se autodestruyen ni destruyen a otros. Las especies superiores no extinguen a otras de su cadena alimenticia. Consumen sólo lo necesario no todo lo posible. Hay selección natural pero no discriminación. Los mamíferos eligen como líder al más apto no al más escandaloso ni al que mejor los ha engañado. Prefieren el talento al tamaño de los colmillos. Prefieren la supervivencia del todo que de las partes. La naturaleza tiene un gran espectro de modalidades, pero siempre busca al menos, conservarse.

La circunstancia humana es distinta y frecuentemente opuesta. La economía moderna es más salvaje que todas las plagas conocidas. La corrupción, como recurso para la riqueza fácil, opera en el conocimiento de que es a costa de muchos y en la cumbre de nuestra civilización, cuando contamos con los medios, el conocimiento y la tecnología para acabar con la pobreza y toda su saga, nos decidimos por el camino contrario.

El camino de la acumulación, el camino que confunde destrucción del entorno con desarrollo social, el camino de la inseguridad convertida en negocio.

Mientras que el mundo arde, la humanidad prende cerillos. Pirómanos que seducen la idea de su propio exterminio. Hoy, parece más fuerte la idea de humanizar a la naturaleza que la de re-naturalizar al ser humano.

Pero no hacemos caso. Tomamos lo peor del comportamiento animal y lo acentuamos; y somos más depredadores que las especies más temidas y somos tan elementales como algunos organismos unicelulares. El mito del Lemming y su irracional sacrificio colectivo hecho realidad. Salvajes y primitivos, suicidas y mucho más cercanos a la bestialidad que a la iluminación.

Y en medio de todo eso: nosotros, la clase política. La clase política que como una manada que busca conservarse, lo hace fomentando su propia extinción. Nuestro comportamiento ha hecho que, a quienes servimos, se sientan traicionados. Y en esa separación la semilla de nuestro justo fin. Aullamos ante la Luna de nuestro propio ego en lugar de ver por aquellos que le temen a la oscuridad.

En ese instinto despierta otro entre los demás, el resto, entre los mexicanos a quienes debemos representar: La incomodidad. Producto de la desconfianza, de la frustración y del dolor, y también de los excesos, somos incómodos a quienes deberíamos ser útiles.

Incómodos para la libertad. Incómodos para el bienestar. No somos más las ceibas que daban sombra sino la enredadera que ahorca al árbol que le permite existir.

Y es cierto, no somos los únicos incómodos. Belisario y Julia también lo fueron. Pero ellos fueron incómodos para la gente adecuada. Carabias y Domínguez incomodan a las personas que es correcto incomodar y por las causas adecuadas. Incómodos por honestos, por irreverentes, por defender la verdad y luchar por ella. Ellos son incómodos para los que son incómodos para todos los demás ¡Qué honor incomodar así!

¿Qué hace la naturaleza ante situaciones como esta?, ¿qué hacen las especies cuando se encuentran con un escenario adverso como en el que nos encontramos nosotros?

Activan el mecanismo que permite la vida: El instinto de supervivencia; cambiar, pero no sólo para sobrevivir, cambiar para evolucionar. La oruga que se vuelve mariposa. El espantoso polluelo que se convierte en el majestuoso Quetzal.

Generosa como es, a los mexicanos, la naturaleza nos ha regalado el mejor ejemplo, casi una guía, para inspirarnos a cambiar se trata del magnífico Axolote.

Equivalente mexicano del ornitorrinco. Con sonrisa y manos humanas, branquias que parecen plantas, cola de lagartija y dinámica de pez, es el híbrido perfecto; el axolote acaso la raza cósmica de los animales, mitad reptil, mitad pez, atrapado en su mirada nostálgica y su resignación ante el estado de las cosas como están.

Es endémico de México y único en el mundo, el axolote ha cautivado a los sacerdotes aztecas y a los escritores latinoamericanos y a la ciencia médica que estudia insiste en entender su capacidad de regeneración.

Por eso, sugerente, el axolote es la potencia frustrada de la salamandra.

Algunos quieren que se quede así. Como una larva que se niega a crecer, a madurar y a alcanzar su destino. Renacuajo arraigado a su infancia, que logra reproducirse en ese estado para crear una nueva especie. Destinado a ser animal del fuego, prefirió quedarse como el inocente habitante de las aguas turbias de Xochimilco.

Pero hay una virtud que pocos conocen del axolote y que lo vuelve el más increíble de los animales. Enfrentado a situaciones extenuantes, falto de oxígeno y de agua, el axolote tiene un as bajo la manga: Puede forzar su propia evolución. No está escrito en su código de vida hacerlo, pero con los estímulos adecuados tiene la posibilidad de lograrlo.

Ésa es la gran lección del pequeño monstruo de agua y de toda nuestra naturaleza. El axolote nos da una respuesta certera; cuando se acaba el mundo en el que vives, cuando esté en riesgo, cuando se agote el oxígeno social, hay que forzar nuestro propio mecanismo de evolución, de cambio, de transformación.

Por eso, compañeras, compañeros, invitados.

Preservar las cosas como están es un lujo de algunos. Evolucionar, una necesidad Nacional.

Esa evolución social tiene nombre: El cambio de régimen.

Un cambio de régimen para un nuevo destino político: plural, ciudadano, transparente y sobre todo humano.

Un cambio de régimen en el que todas las partes contribuyen al todo. Empezando por nosotros, es hora de exigir contratos electorales, que se cumpla lo que promete y que se vaya el que no cumpla.

Un cambio de régimen en el que se respetan y no se simulan los contrapesos.

Un cambio de régimen en el que las agendas de los funcionarios son públicas para medirlos por horas trabajadas y resultados alcanzados. Agendas públicas  como público es el tiempo de estudio del alumno, las jornadas del obrero, las hectáreas sembradas del campesino.

Un cambio de régimen en el que no existen las residencias oficiales de los gobernadores, quizá el mayor incentivo a replicar, después del poder, los mismos privilegios.

Un cambio de régimen en donde la viabilidad social sea igual de importante que la financiera. Donde la escucha sea más de lo que se dice, donde las exigencias del último integrante de nuestra se atiendan, procesen y resuelvan.

Un cambio de régimen en el que todos respetan la ley, y sus obligaciones y también sus facultades y es el Senado el garante del pacto federal. Un cambio de régimen en el que no existe la CONAGO.

En el año 2000 cambiamos de siglo, cambiamos de milenio, cambiamos de partido pero no cambiamos  de régimen.

Cuando hubo legitimidad no hubo ideas. Cuando no hubo legitimidad la mejor idea que hubo fue la fuerza. Y cuando hubo una nueva idea que prometía algo nuevo, se regresó a lo de antes.