Versión estenográfica del mensaje del senador Roberto Gil Zuarth, presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República, durante la visita de la embajadora de Estados Unidos de América en México, Roberta Jacobson.

Versión estenográfica del mensaje del senador Roberto Gil Zuarth, presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República, durante la visita de la embajadora de Estados Unidos de América en México, Roberta Jacobson.

SENADOR ROBERTO GIL ZUARTH: Muy buenas tardes tengan todos ustedes.

Señora Embajadora Roberta Jacobson, sea usted bienvenida al Senado de la República.

Le damos la más cordial bienvenida al diputado Jesús Zambrano Grijalva, Presidente de la Cámara de Diputados.

Distinguidos funcionarios de la Embajada de los Estados Unidos de América en nuestro país:

Funcionarios de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Bienvenidos todos al Senado de la República.

Este encuentro, inédito en muchos aspectos, tiene como propósito principal dar la bienvenida a nuestro país a una diplomática destacada, gran conocedora de la realidad mexicana, sensible a la importancia y desafíos de nuestra relación bilateral y también hay que decirlo, muy cercana a México y a Latinoamérica.

Desde el Senado de la República hemos seguido con interés sus posiciones en el proceso de confirmación y, sobre todo, la congruencia política y personal que a lo largo de su carrera diplomática, ha demostrado en torno a los asuntos relevantes de la región y de nuestra compleja agenda común.

Reconocemos, señora embajadora, el papel que usted jugó en el proceso de normalización de las relaciones entre Washington y La Habana. Es, sin duda, uno de los mayores logros diplomáticos del Presidente Obama, porque recupera hacia el futuro el valor del diálogo y de la política en el objetivo de la estabilidad justa y duradera en nuestro hemisferio.

Ha sido usted una fuerte impulsora de la cooperación y la responsabilidad compartida en los temas de seguridad, tal y como lo demostró en su impulso a la Iniciativa Mérida.

Nos motiva la perspectiva optimista que usted tiene sobre el potencial binacional de crecimiento económico: conoce bien el TLC o NAFTA; cree firmemente en que el comercio y la seguridad no tienen por qué ser mutuamente excluyentes; ha resaltado en diversos momentos la profundidad de las reformas económicas emprendidas por nuestro país y las enormes oportunidades que pueden crearse con la apertura de nuevos mercados.

Es, usted, una audaz promotora de los beneficios de nuestra relación: una amiga de México que convoca, una y otra vez, a trabajar juntos; una amiga de México a la que le damos la cordial bienvenida a nuestro país.

Nuestra relación es estratégica. Ningún país en el mundo tiene un impacto tan directo y crítico para el bienestar futuro de México y de los mexicanos como el que tiene Estados Unidos.

Los trágicos atentados del 11 de septiembre de 2001 hicieron de la frontera una cuestión de seguridad nacional para los Estados Unidos, pero también un desafío económico y también de seguridad para México.

Cada vez que se cierra nuestra frontera, los problemas se agravan en México y también en Estados Unidos.

La migración, el narcotráfico, los flujos comerciales, la inversión y las cadenas compartidas de valor, entre otras, nos recuerdan, todos los días, que lo que sucede en uno u otro lado del Río Bravo, tiene efectos en ambas naciones, y dada nuestra asimetría, muy probablemente esos efectos se sienten con mayor fuerza e intensidad en el lado mexicano de nuestra común realidad.

Los mexicanos debemos dejar atrás la esquizofrenia de una posición titubeante en la relación bilateral, construida a partir de la retórica chovinista y los reflejos antiimperalistas, animada por esa desconfianza que hace imposible aprovechar los beneficios de la vecindad.

Y así como México debe dejar atrás los recelos que han contaminado nuestra comunicación y entendimiento, Estados Unidos debe reconocer que en el mapa de su diplomacia no hay relación bilateral más importante para la prosperidad y para la seguridad de la nación, que su relación cotidiana con nuestro país.

México y Estados Unidos debemos aceptar, con todas sus implicaciones, que somos dos naciones profundamente integradas en lo económico, en lo social, en lo cultural, y en la medida de nuestro empeño y claridad de objetivos, también en lo político.

Nuestras dos naciones convergen impulsadas por flujos comerciales de 1.4 mil millones de dólares al día: 1 millón de dólares cada minuto.

Seis millones de empleos en Estados Unidos dependen directamente del comercio con México.

Nuestras cadenas de proveeduría están integradas: 40% de las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos contienen insumos provenientes de los Estados Unidos.

Hay más de 18 mil empresas estadounidenses en México.

Estados Unidos es la segunda nación hispano-parlante, mientras que México es la casa del mayor número de estadounidenses residiendo fuera de su país.

Lo que más se consume en Estados Unidos durante el Súper Bowl es aguacate, guacamole y totopos de maíz. El evento deportivo más visto en México, con más seguidores, es precisamente esa final del fútbol americano.

Rivalizamos en el soccer y nos encontramos paradójicamente en el apoyo a los equipos de fútbol americano.

Como ciudadano de frontera que fui, puedo asegurar que compartimos espíritu emprendedor, valores, sueños y la esperanza de que ningún muro va a dividir lo que la vida diaria mantiene unido.

Nuestra relación goza de buena salud, señora Embajadora.

La última década ha sido una de las mejores en nuestra historia diplomática.  Las relaciones de nuestros gobiernos son buenas y constructivas, con niveles altos de intercambio, cooperación y confianza.

Estamos aprendiendo, poco a poco, gradualmente, el lenguaje de la corresponsabilidad. Esto no quiere decir que no existan diferendos o discrepancias en ambos lados de la frontera.

Tampoco quiere decir que no existan entre nosotros dificultades de concepción de lo que una nación significa para la otra.

Nuestra buena relación implica un terreno fértil para hacer de Norteamérica una región competitiva, integrada y segura. Ese ideal de prosperidad regional inició hace 22 años con el TLC y recientemente se ha renovado con la apuesta audaz del TPP.

El TLC, como bloque comercial, representa una cuarta parte del Producto Interno Bruto mundial. Sí, así como se escucha, la región de Norteamérica, desde Alaska hasta Chiapas, genera el 28% de la riqueza del mundo.

Por eso, más que abrir el debate sobre el TLC, más que hablar de renegociar ese tratado  y abrir la caja de Pandora, debemos hacer del TPP el instrumento de actualización de nuestra competitividad regional, de nuestra integración comercial y, por supuesto, del bienestar económico y social de las tres naciones norteamericanas.

Octavio Paz escribió alguna vez que México y Estados Unidos habían tenido una relación tortuosa en gran parte, cito, “porque los mexicanos no sabemos hablar y los estadounidense no saben escuchar”.

México debe hablar de la amenaza que se asoma en el horizonte con el discurso demagógico, nativista, proteccionista, aislacionista y xenófobo que vemos en la elección presidencial de aquel país.

Y Estados Unidos debe escuchar las razones, la evidencia, sobre los riesgos que este discurso puede generar en la relación bilateral, pero sobre todo en su propia convivencia.

En el Senado, somos conscientes de que hablar claro no significa intervención en el proceso electoral presidencial o legislativo de los Estados Unidos.

No lo hemos hecho en el pasado ni lo empezaremos a hacer en el 2016.

Hablar, por el contrario, es erradicar los mitos y las percepciones sesgadas de mexicanos y estadounidenses sobre lo que nuestra vecindad implica y sobre nuestros comunes intereses.

Hablar es persuadir, desde la ética que vence a la mentira, a los millones de ciudadanos que en noviembre van a decidir sobre el futuro de su país, pero también sobre nuestro futuro compartido de ambas naciones.

Hablar es reivindicar la dignidad de México y de los mexicanos frente a quien ha usado a México y a su diáspora, indocumentada o con estatus legal, como piñata político-electoral.

Hablar es decir claramente que no podemos respetar a quien públicamente dice no respetarnos.

Señora Embajadora, amigas y amigos:

Tenemos juntos que demostrar, a ciudadanos de uno y otro país, que esta relación tiene un impacto diario y directo en sus vidas, que da resultados, que abona a nuestro bienestar.

Construir, desde Washington y desde la Ciudad de México, una narrativa de política pública que le hable a nuestros ciudadanos y les demuestre lo mucho que nos jugamos unos y otros en esta relación.

Hacer, quizá, el mayor esfuerzo político y diplomático del que se tenga registro en nuestra historia, porque nunca habíamos tenido tantos riesgos compartidos, pero tampoco tantas oportunidades para superarlos.

Defender nuestros lazos, nuestra amistad, nuestro futuro. Defender, subrayo, nuestra amistad y esta es la razón, señora Embajadora,  por la cual el Senado de la República le brinda este recibimiento, porque confiamos en la amistad con los Estados Unidos y también confiamos en al digna representación a su cargo.

Por su atención, muchísimas gracias.