Breve revisión del ¿Modelo Educativo? 2016

Opinión

*Arantza Alvarado Vargas

Yo pertenecí a la penúltima generación de secundaria que concretaba el programa de estudios anterior a los cambios del 2007; cuando cursaba tercero, la generación de primero entró con un nuevo plan. Cuatro años más tarde, aunque yo ya estaba en la universidad, me enteré que los contenidos se modificaban, los cuales, se han quedado hasta hoy. Los caminos de la vida me han llevado a ser profesora de secundaria de Español, y por ello, no puedo evitar sentirme incómoda y con una serie de contradicciones respecto del Nuevo Modelo Educativo que propone la Secretaría de Educación Pública, y que al parecer, entraría en vigor en el ciclo escolar 2018-19.

El Modelo Educativo 2016 se presenta como el resultado tangible que acompaña todo el ardid de la Reforma Educativa presentada en el 2013. Pero más allá de ser el anfitrión de la fiesta, este invitado al convite reformativo que se vive desde hace tres años, llega tarde y con muy pocos ánimos de aceptación. Y es que con la situación tan endeble de la educación de nuestro país, esta propuesta resulta una osadía, por no llamarle insensatez. Aunque probablemente sería ingrato calificarla de esta manera, porque, como sabemos, México es la cuna de las decisiones más insólitas.

En su discusión, argumenta “la necesidad del cambio” a priori como parte de  la Reforma. Establece que a lo largo de la trayectoria de la educación de nuestro país, (que se vincula sin duda alguna a la conformación de la historia administrativa), ni los programas, ni los esquemas coinciden con las necesidades de los estudiantes, profesores y las escuelas de hoy.

El Modelo Educativo 2016 llega tarde y con muy pocos ánimos de aceptación
El Modelo Educativo 2016 llega tarde y con muy pocos ánimos de aceptación

En medio de lo delicado del asunto con la CNTE, el Magisterio y con la Reforma Laboral, disfrazada de educativa, aunado a que estamos a un mes para que comiencen las clases, es necesario diseccionar, por lo menos, el programa de Secundaria así como el discurso con el que se presenta este nuevo modelo que provoca ciertas reticencias.

En primer lugar, resalta el asunto del cambio de nombre de ciertas materias. Como lo vivió “Civismo” a Formación Cívica y Ética, las nuevas nomenclaturas tocan a las asignaturas clásicas,  conocidas como Español, Educación Física y Artes. Ahora, los alumnos aprenderán ‘Lengua Materna y Literatura’, ‘Desarrollo Corporal y Salud’ y ‘Desarrollo artístico y creatividad’. Es posible pensar que dichos cambios obedecen a la inquietud de la SEP por ser parte de la ‘inclusión’. No es novedad que desde el 2011, este valor ha sido un verdadero sostén de las limitadas argumentaciones de la SEP. Sin embargo, también es posible prever que el intercambio del nombre se queda vacío ante la pobre reflexión de los contenidos que en éstos se deposita.

Por otro lado, (y quizá una de las cosas que sí aplaudo de esta propuesta) es que Historia vuelve nuevamente a primer grado, junto con Formación Cívica y Ética, (que reemplazaría a “Asignatura Estatal”). Y es un logro no sólo porque estas materias únicamente se imparten en segundo y tercero, sino también porque Historia no se enseña sino hasta cuarto grado de primaria. Al parecer, los expertos que desarrollan los contenidos se han dado cuenta que los adolescentes, a diferencia de los niños de 6 a 8 años, no son tan ahistóricos como los otros. En fin. Pero como buen ‘toma y daca’, la adhesión conlleva el sacrificio de otras asignaturas: Biología (que pertenece al tronco común denominado ‘Ciencias, énfasis en…’) y Geografía pierden horas para ajustarse a estas modificaciones. Finalmente, materias como Lengua materna y Literatura y Matemáticas se mantendrían con la misma carga horaria, aunque el denominado “Taller” o “Tecnología” no está ni siquiera previsto.

Desde este flanco parecería una victoria a medias, y algunos podrían pensar que la SEP reivindica y redime la gestión penitente que durante años (y durante las eternas juntas de Academia, en las que se cree que con videos como éste hay un crecimiento en el docente) ha agobiado a más de uno. Empero, lo delicado del asunto no sólo se acota al programa como tal, sino también a la serie de razones que se desglosan para sostenerlo. Y es que a lo largo de los documentos, distintos términos  conviven como si fueran conceptos análogos y provenientes de una misma raíz, por ejemplo: ‘humanismo’, ‘utilidad’, ‘sociedad del conocimiento’, ‘palabras clave’ y ‘resolución de problemas’, hasta ‘horizontalidad’ (¿Será la misma que con la que los profesores han querido dialogar y que el mandato de Nuño les ha negado?).

¿No es acaso la simplificación un motivo para cultivar la idea de que la escuela no es sino un mero requisito?
¿No es acaso la simplificación un motivo para cultivar la idea de que la escuela no es sino un mero requisito?

Por supuesto que no es posible negarle a los pedagogos, docentes y “expertos” de esta propuesta que se nutran con distintas lecturas, conceptos y terminologías si de enriquecer y favorecer la educación se trata. Sin embargo, es el afán de “[…] encontrar un equilibrio entre las exigencias propias de un proyecto humanista, fundamentado en la educación integral, y un proyecto que persigue la eficacia y la vinculación de la educación con las necesidades de desarrollo del país”  (p. 48) lo que convierte a estos términos en una apropiación descuidada que encubre, sutilmente, una serie de acciones asociadas a la mentalidad capitalista.

Uno de ellos, es la simplificación de los programas. El argumento se centra en que “la saturación de contenidos” no permite que el alumno profundice ni reflexione lo aprendido. Es por ello que también se busca que los contenidos “sean útiles” para el estudiante. Aun cuando es cierto que en muchas ocasiones los profesores (y tangencialmente los alumnos)  nos vemos agobiados por cubrir todos los temas, aunque sea de forma somera, también es un hecho que dicha simplificación no conduce a que el alumno viva la catarsis de los contenidos y resuelva los problemas de la vida diaria como la SEP espera (como si la escuela no fuera eso, vida misma); ni tampoco propicia una sociedad del conocimiento verdadera. Lo que se busca entonces, visto desde la óptica de Gregorio Weinberg, es una transformación del  conocimiento a mera información simplificada, que sortee la vida dentro de una sociedad mediatizada y productiva.

Por supuesto que esta reducción también involucra los porcentajes y estadísticas que denotan la deserción y abandono de los estudiantes; cuestión que por el solo hecho de existir es alarmante. Sin embargo, ¿no es acaso la simplificación un motivo para cultivar la idea de que la escuela no es sino un mero requisito? ¿No fomenta, indirectamente, el pensamiento de que la inversión de la educación es fútil? ¿Simplificar las materias y los programas realmente ayudará a que la deserción disminuya? Si esto fuera efectivo, los cambios del 2007 y 2011 ya habrían dado otros frutos.

Acotar y seccionar los contenidos que de por sí son limitados (en tercer grado, hacer crucigramas es un tema de Español)  no es sino otro modo de quitarle el peso a la escuela como un lugar en el que se forjan responsabilidades, valores y compromisos. Recortar contenidos bajo la idea de lo ´fácil’, por la “utilidad” capitalista, no coadyuvará en la profundización si se mantiene la creencia de que las cosas deben de ‘servir’ para resolver los problemas.

El modelo educativo de México debe ser sólido, así no tendrá que modificarse cada sexenio, o con cada Secretario de Educación que pase.
El modelo educativo de México debe ser sólido, así no tendrá que modificarse cada sexenio, o con cada Secretario de Educación que pase.

Entonces, lo preocupante de este nuevo modelo no sólo se concentra en lo inmediato del cambio, de su manera de hacerlo público groseramente a casi menos de un mes de comenzar el año escolar, sino que también este nuevo plan se estatuye bajo conceptos tergiversados que, a manera de un falso “eclecticismo”, encubre la necesidad de educar alumnos que sólo aprecien, asuman, y busquen conocimientos fáciles, de “cultura general”, para así dejar a un lado el perfil de alumnos críticos con posibilidad de profundizar en su entorno, en su vida, en la escuela.

Es por ello que esta propuesta debe reformularse, discutirse en esencia, nutrirse con conceptos más adecuados y esperar su validación, por cortesía para quienes preparamos clases con responsabilidad, otro ciclo escolar. El modelo educativo de México debe ser sólido, así no tendrá que modificarse cada sexenio, o con cada Secretario de Educación que pase. Hazaña más ardua no encuentro ahora que esa, si le sumamos la gran resistencia que viven hoy los docentes y la insistencia de la SEP con validarlo. Sin embargo, confío en que todavía es posible reconstruir el amor al conocimiento; es posible agregar más contenidos de los que el programa sugiere y necesita. Y, sobre todo, es posible seguir haciendo del aula una trinchera en la que la mentalidad crítica y los conocimientos no sean meros datos que cumplan la función de pasar alumnos nada más.

 

Arantza Alvarado Vargas. Es egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM. Actualmente es docente de Español y Literatura y cantante de música coral.